El legado vivo del impresionismo
En el centenario de la muerte de Claude Monet, renace el interés por el impresionismo y su impacto en la historia del arte.
París, 1874. La industrialización y la evolución tecnológica son celebradas entre las clases altas, proyectando un futuro apasionante de transformación sin límites. La idea de progreso se expande entre la sociedad, aunque para muchos este nuevo paradigma pueda resultar apabullante.
En medio de esta vorágine tecno-optimista, la fotografía, una tecnología novedosa que permite captar un instante con precisión, ha hecho de la pintura un arte obsoleto con el que plasmar el mundo. Los artistas, que hasta entonces habían hecho del realismo su misión, quedan desconcertados frente a ella. Una generación de pintores se ve empujada a la búsqueda de una nueva forma de entender la pintura, su finalidad y función.
Claude Monet, quien entonces tenía 34 años, inauguró una exposición en la que esta búsqueda de un nuevo lenguaje pictórico se consumó. Pero sus ideas rupturistas no gustaron a la crítica de la época. Louis Leroy, a partir del cuadro Impresión de un sol naciente, calificó despectivamente a esta nueva oleada de impresionistas. No sabía que este calificativo, utilizado con suficiencia y sorna, serviría en el futuro para describir una de las más profundas rupturas jamás vistas en el mundo del arte.
Romper con la tradición
Caracterizada por el estudio del color, apostando por tonos puros, las pinceladas sueltas y rápidas, el efecto de la luz y su capacidad para transformar los objetos, el impresionismo dejaría de lado la búsqueda de la representación realista del mundo para abrazar la subjetividad del artista.
El rechazo al academicismo y la salida de los pintores del estudio para dibujar al aire libre también ayudaron a esta transformación. La luz se entendía ahora como algo voluble y cambiante, y un mismo escenario podía dejar diferentes impresiones según el momento del día. Además, saliendo del estudio, se abandonaban también la temática histórica o la representación de la naturaleza salvaje para centrarse en escenas y paisajes de la vida cotidiana. Ejemplo de ello es la célebre Clase de ballet de Edgar Degas.

Sin la impresión que causó una exposición de los Almiares de Monet en Moscú a un joven Kandinsky en 1896, este no se hubiera planteado que, si una composición basada en la luz y el color podía dejar un efecto en el espectador sin que hubiera un objeto representado, la pintura podía suprimir ese objeto y aun así mantener su finalidad. Y aunque no sean descendientes directos, ¿existirían acaso la etapa azul de Picasso o los paisajes de color de Rodko sin el paso previo de los impresionistas?
Incluso en 2026, el legado de los impresionistas lo encontramos en las obras de artistas como David Hockney, quien, en su serie Yorkshire, explora ampliamente el estudio de la perspectiva, la luz y el paisaje, así como el fotógrafo Olafur Eliasson, quien convierte la luz en el principal motivo de su obra.
Una nueva mirada
Monet, dipingere il tempo, la gran exposición que el Musée de l’Orangerie de París dedica a Claude Monet con motivo del centenario de su muerte, surge de intentar responder a la pregunta: ¿Qué significa pintar el tiempo? Del 30 de septiembre de 2026 al 25 de enero de 2027, cerca de cuarenta pinturas permiten recorrer la trayectoria del artista desde su obsesión por representar el tiempo y sus transformaciones. El estudio de la luz cambiante sobre series que muestran un mismo lugar en diferentes momentos intentó responder, pictóricamente, a esa pregunta.
La exposición, que se trasladará al Tate Modern de Londres posteriormente, del 25 de febrero al 27 de junio de 2027, invita así a mirar de nuevo una obra que creemos conocer. Bajo sus paisajes, sus reflejos y sus célebres nenúfares, surge un artista que dedicó buena parte de su vida a conseguir que una imagen estática transmita la sensación de constante transformación y cambio, acorde a cómo lo hace el mundo.