Somos lo que leemos

Somos lo que leemos

La lectura forma parte del desarrollo integral del ser humano y lo adoptamos como hábito en la infancia debido a sus múltiples beneficios para el desarrollo cerebral y la salud mental en general.

POR Laura Martos | 02 Octubre 2023

Cuando somos pequeños, uno de los primeros aprendizajes que desarrollamos es la lectoescritura, estableciendo un primer contacto  a través de las ilustraciones. Este tipo de lectura ayuda a los niños a desarrollar su imaginación y a aprender sobre el mundo que les rodea. 

También mejora su vocabulario y su tiempo de concentración, además de acelerar el proceso de gestión comunicativa para aprender a expresar sus ideas y sentimientos. Pero, ¿gracias a qué es posible todo esto?

 

Entrenar nuestro cerebro

En principio el cerebro humano no cuenta con un área específica dedicada a leer. De hecho, lo que hoy conocemos como lectura surgió hace unos seis mil años, mucho después de que el cerebro ya cumpliera otras funciones intelectuales básicas. Por lo tanto, la lectura no es algo para lo que el cerebro esté genéticamente “diseñado”, pero sí lo está para adaptarse y reestructurarse ante nuevas situaciones a través de la neuroplasticidad. 

Según el estudio La lectura desde la neurociencia, escrito por el Dr. David Ezpeleta Echávarri, esta capacidad permite a las neuronas interpretar letras y palabras, y con el tiempo automatizar esas acciones, construyendo la base de la lectura. 

Tal como explica el documento, el mecanismo cerebral que se pone en marcha al leer es el siguiente: “[Se] activa, en primer lugar, la corteza visual para procesar una información consistente en símbolos, que son reconocidos en ciertas áreas del cerebro como letras, otras áreas del cerebro juntan esas letras y las reconocen como conjuntos que constituyen palabras y a su vez contactan con otras áreas que dotan de significado a esas palabras y grupos de palabras para activar las áreas del lenguaje y generar entendimiento”. 

La neuroplasticidad, además, no solo no se limita a la etapa de la infancia, sino que tiene un protagonismo importante en diferentes etapas del ciclo vital, por lo que el proceso de aprendizaje de las destrezas de lectura es largo y no se acaba cuando hemos aprendido a leer.

Se suele decir que “la lectura es en la mente lo que el ejercicio es en el cuerpo”, y lo cierto es que lectura la enriquece, entrena y ejercita de forma directa como si se tratara de un músculo. Mientras leemos, obligamos a nuestro cerebro a pensar, ordenar ideas, interrelacionar conceptos y usar la memoria y la imaginación, mejorando nuestra capacidad intelectual. 

Entre otros beneficios, la lectura de tan solo seis minutos puede reducir la frecuencia cardíaca, y es una forma efectiva de reducir el estrés en situaciones cotidianas y de combatir el insomnio. Además, la lectura de ficción puede aumentar la conectividad funcional entre las áreas del cerebro relacionadas con el procesamiento emocional, mejorando las habilidades para la empatía y las relaciones interpersonales.

 

Leer para vivir más

Un beneficio clave que debe alentarnos a introducir la lectura en nuestros hábitos diarios es su relación directa con la reserva cognitiva. Todos los conocimientos relacionados con la cultura (pensar, escuchar música, leer...) tienen un impacto cerebral que afecta a los cambios en la conectividad cortical y en las estructuras que las conectan, aumentando directamente nuestra reserva cognitiva. 

Esta reserva es un concepto que está atado a la cantidad y la calidad de esas conectividades que creamos a lo largo de los años, y es la herramienta principal que el cerebro usará en su lucha con el tiempo y el declive cognitivo. Si una persona está genéticamente predispuesta a sufrir una enfermedad degenerativa, la reserva cognitiva puede ralentizar la aparición de los primeros síntomas, incluso hasta el punto en que la persona fallezca antes de que aparezcan. 

El valor de la lectura para favorecer este proceso es indispensable, sobre todo para estimular ciertas zonas del cerebro en la etapa adulta. La lectura diaria puede mejorar, por ejemplo, la memoria verbal y la concentración, dos elementos de gran importancia en el deterioro cognitivo relacionado con la edad.

Por otro lado, muchas personas pierden el hábito de la lectura al hacerse mayores, principalmente por perder capacidad visual, lo que les dificulta realizar esta actividad. En un estudio de la National Library of Medicine, sin embargo, se afirma que el cerebro tiene una mejor capacidad de concentración si debe descifrar palabras y figuras que no percibe con tanta claridad, por lo que, en realidad, el ejercicio intelectual es mayor e incluso más beneficioso al suponer un esfuerzo.

 

4 claves para cultivar el hábito de la lectura

Según la Sociedad Británica de Psicología (BPS), un hábito tarda en automatizarse unos 59 días, es decir, un promedio de 2 meses. Para conseguirlo, la BPS afirma que la implementación de señales basadas en la rutina y el tiempo aumentan las posibilidades de integrarlo de forma más efectiva en el día a día. Algunas recomendaciones para cultivar el hábito de la lectura son:

  1. Cambiar el tiempo de pantalla por tiempo de lectura, sobre todo el de los dispositivos móviles, que supone un promedio de 3 horas y 43 minutos.
  2. Empezar por novelas ágiles en el desarrollo y de fácil comprensión y abandonar sin miedo una lectura si no se está disfrutando.
  3. Establecer un horario fijo de lectura. Según los estudios más recientes, un par de minutos al día son suficientes para generar actividad cerebral significativa.
  4. Crear metas de lectura, ya sea por tiempo, páginas o cantidad de libros. Según las estadísticas, con quince minutos al día se pueden leer una media de mil libros a lo largo de una vida.

Consulta todos los números de la revista

Vacaciones sostenibles