La fórmula K-Pop: ¿qué explica su éxito global?
Repasamos los orígenes y la expansión internacional de este género que ya ha cautivado a toda una generación de jóvenes.
En apenas unas décadas, el K-Pop ha pasado de ser una expresión musical surgida en Corea del Sur a convertirse en un fenómeno global, con presencia en grandes eventos internacionales, desde los Premios Grammy hasta el festival de Coachella.
Es difícil trazar una definición concreta de qué es el K-Pop. Se trata de un género musical que, aunque tiene sus orígenes en la Corea de los años 90 —en una época de transición política y cultural—, poco tiene que ver con la música tradicional del país. Tampoco puede considerarse una mera adaptación del pop occidental, sino una propuesta híbrida que bebe de estilos internacionales como el hip-hop, el rock, el pop experimental, el rap y la música electrónica.
Sus ritmos pegadizos, su cuidada estética visual y sus coreografías milimetradas han cautivado al público internacional y han convertido la música surcoreana en un fenómeno cultural de alcance mundial. Con BTS y BLACKPINK a la cabeza, los grupos de idols han alcanzado una fama planetaria, aunque este movimiento musical empezó a dibujar sus bases hace más de treinta años.
Pero ¿a qué se debe esta fiebre del K-pop que está despertando tanta admiración?
La ola Hallyu
Algunos sitúan en 1992 el punto de inflexión que sentó las bases del K-pop moderno. Fue entonces cuando Seo Taiji and Boys irrumpieron en la escena musical con I Know, una canción que fusionaba, por primera vez, rap, baile y ritmos occidentales con unas letras que desafiaban las convenciones sociales y las normas de censura de la época.
En un inicio, esta propuesta no fue bien recibida por los sectores conservadores de la sociedad, aunque sí generó furor en una generación de jóvenes que buscaba sonidos más atrevidos y propuestas alejadas de lo tradicional.
La expansión internacional llegó de la mano de la llamada ola Hallyu, un movimiento cultural que comenzó a ganar fuerza a finales de los 90 y principios de los 2000.
La música, las series de televisión, el cine y otras manifestaciones culturales surcoreanas empezaron a despertar el interés de públicos de todo el mundo, pero el K-pop aún tardaría en consolidarse en el mercado internacional.
Del Gangnam Style a Dynamite
A principios de siglo no tardaron en aparecer nuevos grupos que, a día de hoy, forman parte de la segunda generación del pop coreano. Entre ellos destacan BIGBANG, Girls' Generation, Super Junior y SHINee.
Sin embargo, uno de los grandes puntos de inflexión en la proyección internacional de esta corriente musical llegó en 2012 con el fenómeno Gangnam Style, de PSY. La canción satirizaba el estilo de vida acomodado del distrito de Gangnam, en Seúl, aunque su repercusión internacional se debió, en buena medida, a su ritmo contagioso, su carácter desenfadado y una coreografía peculiar y fácil de imitar. De hecho, el videoclip ya ha superado los seis mil millones de visualizaciones en YouTube, catorce años después de su lanzamiento.
Durante los años siguientes, fueron apareciendo grupos masculinos y femeninos cada vez más profesionalizados. Pero, en 2013, Big Hit Entertainment presentó a una nueva boy band formada por siete jóvenes bajo el nombre de BTS, que terminó convirtiéndose en un icono del K-pop con canciones como Dynamite.

Las claves del éxito del K-pop en el mundo
El éxito de la música surcoreana no es fruto de la casualidad. Detrás existe una potente industria que lleva años estudiando las tendencias de consumo y las preferencias del público a escala global. Por ello, algunos consideran el K-Pop un producto deliberadamente universal y de masas; otros, en cambio, lo defienden como una expresión cultural propia, fruto de la evolución y la mezcla de diferentes tradiciones musicales.
Pero si hay algo que define esta corriente, es su capacidad para ofrecer una experiencia de entretenimiento que va mucho más allá de la música. Las canciones incorporan versos en rap y fragmentos en inglés para facilitar su proyección internacional, como en Butter, de BTS, o Bet You Wanna, de BLACKPINK.
A ello se suma una narrativa minuciosamente elaborada, videoclips de gran producción, coreografías sincronizadas y apariciones en programas y plataformas digitales. Todo ello responde a una estrategia que busca crear una conexión con el público y fidelizarlo, lo que popularmente se conoce como fandom.
Por otra parte, el interés creciente por las series y películas coreanas, como El Juego del Calamar o KPop Demon Hunters, ha acercado la música del país a un público más amplio, impulsando también la popularidad de canciones como Golden o de versiones de la tradicional canción infantil Round and Round.
Las redes sociales como catalizador de este género
En una cultura que se retroalimenta de la hiperconectividad, la viralización no es una casualidad, sino una oportunidad que la industria del K-pop ha sabido aprovechar.
Así ocurrió con la canción APT., de Rosé —integrante de BLACKPINK— y Bruno Mars, que se popularizó rápidamente gracias a su pegadizo estribillo y al dance challenge que circuló por las redes sociales. Algo parecido ocurrió con Cupid, de Fifty Fifty, que encontró en su versión en inglés un impulso para convertirse en un trend en las redes sociales.
En los últimos años, la expansión y el reconocimiento internacional del K-pop también han propiciado colaboraciones, tanto grupales como en solitario, con grandes figuras de la música internacional. Este es el caso de My Universe, de BTS y Coldplay, que consiguió posicionarse entre los primeros puestos de las listas musicales gracias a la colaboración con la formación londinense.
Entre otros artistas reconocidos que han colaborado con bandas coreanas, también encontramos figuras destacadas del panorama hispanoamericano. Sebastián Yatra, que participó junto a MONSTA X en Magnetic. Por su parte, Becky G colaboró con J-Hope, integrante de BTS, en Chicken Noodle Soup, entre muchos otros artistas que han contribuido a estrechar los vínculos entre el K-pop y la industria musical global.