Conversamos con Rocío Bueno Martínez, coordinadora de Nutrición del Grupo Hospitalario HLA, sobre qué podemos hacer para alimentarnos de una forma más sana y sostenible.
“Hemos pasado de la escasez al exceso. Hay que volver al plato de cuchara”
Pese a que vivimos, en las sociedades desarrolladas, una era de aparente abundancia, parece que tenemos más problemas alimentarios que nunca.
Efectivamente, nunca hemos producido tantos alimentos. Y, sin embargo, nunca hemos tenido tantos retos relacionados con la alimentación como en la actualidad. Sabemos que nuestra forma de comer, a escala general en la sociedad, produce enfermedades como la obesidad o la diabetes de tipo 2, que empiezan a aparecer ya incluso en personas muy jóvenes. Al mismo tiempo, todo esto genera diversos problemas acuciantes para el planeta, como el aumento de los gases de efecto invernadero y la pérdida de la biodiversidad.
¿Qué ha provocado que hoy comamos peor que antes?
Disponer de un acceso tan fácil e inmediato a los alimentos ha hecho que, en muchos casos, se pierda el concepto de dieta saludable. Existe un exceso de producción, de consumo y desperdicio de alimentos poco saludables, como los procesados y ultraprocesados, elaborados con aceites de poca calidad o harinas demasiado refinadas.
En muchos casos, hemos abandonado la dieta mediterránea por una forma de alimentarnos que busca la gratificación inmediata.
¿Es nuestro estilo de vida el causante de todos estos cambios?
Desde luego, tiene mucho que ver. El estrés actual ha hecho que muchas personas hayan convertido la alimentación en un simple trámite. Hoy encontramos grupos de ciudadanos muy implicados con su dieta, en algunos casos incluso de una forma que puede llegar a ser obsesiva; y otros que, por el contrario, se han dejado llevar por un modelo que se aleja del todo de la alimentación de nuestros abuelos.
En España, las generaciones anteriores comían a veces lo que podían, pero muchos de ellos gozaron de un mejor estado de salud. Hemos pasado de la escasez al exceso. Hay que dejar atrás la comida rápida y volver al plato de cuchara, recuperar las ensaladas, las legumbres, la fruta.
Volver a lo sencillo parece ser la clave.
Podemos afirmar que los alimentos vegetales cuidan de la salud del individuo y también del planeta. Además, cuestan menos de producir y de cuidar. Se trata de volver a un modelo más simple y disfrutar de los placeres que conlleva.
En muchas ocasiones aquello que debería estar reservado a las ocasiones especiales se ha integrado en exceso en el día a día. Lo vemos en tendencias actuales como la obsesión por la carne madurada.
Quizá muchos ciudadanos puedan sentir confusión sobre qué alimentos son verdaderamente sanos. ¿Qué pueden hacer para orientarse mejor entre tanta oferta aparentemente saludable?
El marketing empuja a muchas personas a consumir productos ecológicos más caros o con extra de proteína. En realidad, la mayor parte de los alimentos ya cuentan con una cantidad suficiente de proteína natural, por lo que no es necesario transformarlos.
La naturaleza nos provee de aquello que necesitamos. Además, todos los agricultores y ganaderos españoles utilizan productos aptos para la alimentación humana, que han pasado controles sanitarios. ¿Es mejor una manzana eco que una manzana normal? Quizá sea mejor fijarse en si viene de España. Lo ideal es siempre el alimento de origen cercano y de temporada.

Pero el reto de la alimentación va más allá de las decisiones del consumidor. ¿Qué podemos hacer a escala global?
No se puede trasladar el problema solo al ciudadano. Como demuestra el informe de EAT-Lancet, estamos ante un dilema grave, que exige un compromiso colectivo. Deben existir políticas globales que fomenten las mejoras en la alimentación, de la producción al consumo. De la agricultura al plato, debemos ser capaces de hacer que toda la cadena sea más saludable y sostenible.
En el ámbito individual, ¿qué podríamos aconsejar a nuestros lectores para que mejoren su alimentación?
Pocas personas van a comprar con una planificación. Suelen llenar el carrito de forma compulsiva con productos, más que con verdaderos alimentos. Un primer gran paso es pararnos a pensar en cómo comemos y ver qué podemos hacer para que al menos un 50% de nuestra dieta esté formada por frutas, verduras, hortalizas y legumbres. No hace falta que nos obsesionemos con convertirnos en una persona nueva repentinamente.
Lo mejor es ir alcanzando pequeños objetivos, incorporar nuevos hábitos que promuevan un gran cambio a largo plazo. También, escuchar a nuestro cuerpo y saber planificarnos bien; desaprender hábitos que no nos benefician para volver a aprender aquellos que olvidamos.