El ecosistema de la desinformación
La tecnología digital ha puesto al alcance de nuestra mano una cantidad ingente de conocimiento e información. Al mismo tiempo, los medios de comunicación de masas asociados a Internet se han convertido en el caldo de cultivo idóneo para la proliferación de verdades a medias, falsedades, errores y todo tipo de bulos a menudo interesados.
Desde los tiempos en los que aparecieron registradas las primeras publicaciones, los ciudadanos han debido enfrentarse a dos grandes obstáculos a la hora de acceder al conocimiento. El primero es la sobrecarga de información, que a menudo termina provocando un escenario de confusión y ansiedad que algunos han calificado con términos tan elocuentes como “infoxicación” o “infobesidad”. Esto no es precisamente nuevo: sabemos que, ya en los siglos XVI y XVII, tras la invención de la imprenta, numerosas personas se quejaron de la excesiva abundancia de libros.
El segundo reto es la dificultad de saber si la información de la que disponemos es verdaderamente fiable. Como bien explica el investigador Jonathan Hernández Pérez, de la Universidad Nacional Autónoma de México, en su interesante ensayo El ecosistema de la desinformación: excesos y falsedades, las noticias falsas “nos han acompañado durante siglos, así como también los intentos por perseguirlas, difundirlas, evitarlas y controlarlas”.
Una aliada del conocimiento y también de las ‘fake news’
Las nuevas herramientas tecnológicas han multiplicado de forma incalculable estas tendencias que acabamos de describir. Por poner un ejemplo relevante, hoy sabemos que la propaganda política del siglo XXI, a través de las redes sociales, puede influir de forma decisiva en los procesos políticos y electorales, llegando a poner en riesgo la calidad de nuestras democracias.
La “infodiversidad” característica de la era de Internet facilita la difusión y expansión de cualquier mensaje, lo que redunda en muchas ocasiones en una mayor transparencia social, pero también propicia la creación de ecosistemas que buscan generar inestabilidad o confusión, provocar estados de opinión o marcar tendencias acordes con los intereses de sus creadores. A este complejo escenario, se añade ahora la generalización de la inteligencia artificial (IA), que otorga respuestas rapidísimas a nuestras dudas, sin especificar, en muchos casos, sus fuentes o informarnos del sesgo de sus programadores.
La respuesta a estos dilemas
Tal como señala Luis M. Romero-Rodríguez, profesor e investigador en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, en una entrevista publicada en el Gabinete de Comunicación y Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona, “las fake news van más allá de los mensajes falsos que están lanzados por redes sociales o por ciertos líderes de opinión y que se viralizan”. Son más bien informaciones propias de “una maquinaria propagandística o de laboratorios”, que son replicadas “por los medios amistosos sin que haya un ápice de verificación de veracidad. De hecho, en este sistema de posverdad, la realidad es lo que menos importa”. Lo esencial es “que el mensaje llegue, sea un bombazo y genere mucho tráfico”.
Ante esto, no debemos caer en el alarmismo. Más que nunca, resulta imprescindible que desarrollemos el pensamiento crítico para poder calibrar la fiabilidad de la información que consumimos. Internet es solo un medio; nosotros decidimos si debe servir para aumentar nuestro conocimiento o para contribuir a reafirmarnos en una subjetividad infundada.