Cuatro décadas después del desastre, la devastación ecológica y la desolación sigue incapaz de encontrarpalabras adecuadas para expresarse

Chernóbil: 40 años de relatos

Entre el testimonio íntimo y la reconstrucción audiovisual, libro y serie siguen disputándose la forma en que recordamos aquella herida abierta del siglo XX.

POR Joan Miquel Mas Salom | 07 Abril 2026

La explosión del reactor 4 de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, el 26 de abril de 1986, a dieciocho kilómetros de la ciudad de Chernóbil, Ucrania, supuso un punto de inflexión en la historia global, marcando el declive de un modelo político que no supo gestionar y comunicar una catástrofe de esta magnitud.  A la vez, obligó a la humanidad entera a replantearse cómo se gestionaba el progreso científico, cuáles eran sus costes y qué peligros acechaban.

Aquello que jamás debió suceder, sin embargo, pasó. Y fue entonces cuando brotó la necesidad de encontrar palabras e imágenes que pudieran explicar no solo la dimensión política y científica del suceso, sino también su coste en el imaginario común, las emociones y, en definitiva, la dimensión más humana.

 

Historia íntima para entender la tragedia

A caballo entre el ensayo, el relato periodístico, la historiografía y la narrativa, Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich, sigue siendo, hoy en día, el mejor y más completo (y complejo) de los textos que intentan acercarse a la tragedia.

Publicado originalmente en 1997 (aunque no llegó a traducirse al español hasta 2006), el texto se constituye a partir de cientos de entrevistas con personas que vivieron la catástrofe. Un coro de voces formado por bomberos, liquidadores (responsables de la limpieza de residuos horas y días después de la explosión), científicos, soldados, evacuados o familiares de víctimas que Alexievich recopiló a lo largo de diez años. El resultado es una narración fragmentada, en la cual la escritora se otorga un papel de simple cronista, buscando que a través de estas historias íntimas que mezclan hechos con recuerdos y medias verdades, se perciba un mosaico de lo que supuso la tragedia para la gente común.

 

Galardonada con el Premio Nobel el año 2015, Alexievich ha basado su producción literaria en la idea de la polifonía, que podemos ver en Voces de Chernobyl. De formación e inicios periodísticos, sus obras usan el collage de testimonios para llegar a lugares más íntimos de la experiencia humana de los que se llegaría con una exposición de datos y hechos.

Así se puede observar en sus otros trabajos célebres, como lo son La guerra no tiene rostro de mujer, de 1985, en la que persigue testimonios sobre la participación de las mujeres rusas en la II Guerra Mundial (o Gran Guerra Patria, en terminología ruso-soviética); Los muchachos del zinc, de 1990, donde expone los testimonios de madres de soldados de la guerra de Afganistán; o sus crónicas sobre la caída de la Unión Soviética, Cautivos de la muerte, de 1993 o Época del desencanto. El fin del Homo Soviéticus, es su última obra, publicada en 2013.

 

¿Retrato fiel o leña del árbol caído?

En 2019, treinta y tres años tras el conflicto, y veinte después de la publicación de Alexievich, este revivió su popularidad gracias a la miniserie de HBO Chernobyl, creada y escrita por Craig Mazin y dirigida por Johan Renck. Aunque ya se habían producido numerosos documentales que explicaron la dimensión de la tragedia, la serie ayudó a transmitirla desde la ficción narrativa y hacerla llegar al gran público alrededor de todo el mundo.

Celebrada por la recreación y, aparente, fidelidad histórica, la obra de Svetlana Alexievich destaca como una de sus principales fuentes documentales. Aun así, la principal diferencia entre ambos reside en el punto de vista narrativo. La serie pone el acento en la cadena de errores técnicos y políticos que provocaron la explosión, así como el sacrificio de los miles de trabajadores que intentaron contener la catástrofe, así como, y más importante, la cultura del secretismo del Estado soviético. De esta manera, la serie transforma así el desastre en una historia comprensible, con responsables, decisiones y consecuencias.

A través de pequeñas licencias históricas, así como elementos técnicos para generar una atmósfera opresiva y el retrato tanto de los directivos de la central como de representantes estatales, la serie centró sus principales esfuerzos en recrear la dimensión política del conflicto, dibujando una Unión Soviética a la mode hollywoodiense, cuya finalidad sigue siendo, como durante la Guerra Fría, el descrédito a la alternativa capitalista. Una autoconfirmación de El fin de la historia y el último hombre de Fukuyama que, en 2026, flaquea por varios frentes.

En resumen, la serie se acerca con una notable fidelidad a los hechos y su ejecución técnica es impecable, haciendo de ella un muy buen producto de consumo, si bien puede resultar controvertida en su vertiente más conceptual. Sin embargo, junto al libro de Alexievich, resulta un espléndido retrato de una catástrofe cuyas consecuencias siguen acechándonos en su cuarenta aniversario.  

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