Maruja Mallo: El renacimiento póstumo de una figura clave del surrealismo español
El Museo Reina Sofía recupera a una de las autoras más trascendentales del siglo XX español para saldar así una deuda histórica.
Maruja Mallo decidió vivir sin pedir permiso y marcó un antes y un después en la pintura española del siglo XX. Por más que su nombre haya quedado injustamente relegado a pies de página o apéndices, su importancia es equiparable a la de coetáneas como Frida Kahlo o Georgia O’Keeffe. Nacida en 1902 en Viveiro (Galicia) y criada en una familia numerosa que fomentaba la igualdad, una rara avis de la época, desde niña aprendió que la creatividad podía ser una forma de respirar. De adolescente se trasladó a Avilés y ya en la veintena a Madrid, donde descubrió que el arte no era solo un refugio, sino un camino que debía transitar.
Ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde fue una de las primeras mujeres en superar los exámenes de ingreso. Allí se empapó de vanguardia y se rodeó de un entorno efervescente, siendo habitual en tertulias junto a personalidades como Dalí, Lorca o Buñuel. Su presencia en la Generación del 27, además, no estuvo limitada a una comparsa de sus personalidades masculinas. Trabajó como ilustradora en publicaciones literarias como La Gaceta Literaria, Almanaque Literario o Revista de Occidente y empezaría así a ganar popularidad como artista.
Junto a otras reconocidas artistas como Concha Méndez o Margarita Manso, acabaría fundando el grupo conocido como Las Sinsombrero. Y frente a un mundo que no siempre estaba preparado para una artista como ella, decidió plantar cara.
De lo cotidiano a la modernidad
En sus primeras obras, Mallo se empapó de la calle y lo popular, en cuadros en los que gustaba de recrear verbenas y ferias, retratando a trabajadores y gente corriente. Ensalza las manos, emblema del trabajo, de saludo y de paz. Con colores vivos y figuras apiñadas, la primera época retrata una marcada consciencia social que jamás abandonaría.
En 1932, sin embargo, viajó a París y el surrealismo la deslumbró. Conoció a André Breton, a Picasso, a Miró, y de esa etapa nacieron obras como Espantapájaros, donde lo onírico y lo simbólico se unen para crear un universo propio. Su estilo se volvió más experimental, más profundo: geometrías, mitos, naturalezas reinventadas.
El exilio: luz americana y reinvención
La amarga y dolorosa herida de la Guerra Civil la obligó a salir de España, acabando en Buenos Aires, donde pasó más de dos décadas. Si el exilio fue doloroso, su creatividad lo transformó en semilla. En 1939 concluyó su obra más célebre, Canto de la Espiga, y publicó el libro Lo popular en la plástica española a través de mi obra.

Aun así, en América Latina descubrió nuevos paisajes, nuevas culturas y una naturaleza exuberante. Especialmente las playas de Chile, donde la asombró la exuberante naturaleza de las playas de Punta del Este y Punta Ballena. Todo ello la inspiró para crear sus naturalezas vivas: conchas, flores, máscaras, formas orgánicas que dialogaban con lo mágico y lo científico.
Durante ese tiempo, Mallo viajó y expuso sus obras por Brasil, Argentina, Chile y Nueva York, donde conoció y se amistó con Andy Warhol. En 1949 llegó a exponer en la Carrol Gallery Carlstairs, tras ganar el año anterior el Premio Pictórico de la II Exposición Neoyorkina con su obra Cabeza de mujer negra.
La artista completa: vanguardia, método y libertad
Entre octubre de 2025 y marzo de 2026, el Museo Reina Sofía acoge la exposición Maruja Mallo: Máscara y compás, la mayor retrospectiva dedicada nunca a la artista. La muestra reúne alrededor de doscientas piezas (pinturas, dibujos, bocetos, fotografías, documentos personales) y propone un recorrido completo por su trayectoria, desde sus verbenas madrileñas hasta sus arquitecturas surrealistas y su fascinación final por lo cósmico.
La exposición, organizada en diálogo con los criterios que la propia Mallo utilizó para estructurar su obra, permite descubrir su universo creativo con una profundidad inédita: su método geométrico, su interés por la naturaleza, su pensamiento filosófico y su manera visionaria de entender la modernidad. Es, en definitiva, una oportunidad irrepetible para reencontrarse con una figura imprescindible de nuestro arte. Una mujer que vivió como pintaba: con libertad, con precisión y con una pasión indomable por el mundo que la rodeaba.